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La explosión de Tunguska

 

La explosión de Tunguska fue el desastroso final de un visitante del espacio. Pero, ¿fue ese visitante una nave espacial, o el fragmento deun cometa? Las últimas investigaciones científicas ya han emitido su veredicto.

Siberia, 30 de junio de 1908: una brillante bola de fuego atraviesa ardiendo la atmósfera de la Tierra, explotando a una altura de 8.000 m sobre el valle rocoso del río Tunguska. La explosión fue equivalente a la de una bomba nuclear de doce megatones y medio. Según una teoría popular, la explosión de Tunguska fue en realidad una ráfaga nuclear causada por el incendio de una nave espacial atómica. Pero otra importante teoría afirma que el objeto de Tunguska era la cabeza de un pequeño cometa. ¿Con qué evidencias contamos para apoyar estas dos teorías opuestas?

Algunas claves importantes para determinar la naturaleza de la explosión se obtuvieron en el transcurso de tres expediciones al lugar, en 1958, 1961 y 1962, dirigidas por el geoquímico soviético Kirill Florensky. La expedición de 1962 utilizó un helicóptero para explorar el área del desastre. En lugar de buscar grandes fragmentos de meteoritos, como lo había hecho Leonid Kulik a finales de los años veinte, el equipo de Florensky analizó cuidadosamente el terreno a fin de encontrar partículas microscópicas que pudieran haberse desparramado durante el incendio y desintegración del objeto de Tunguska. La búsqueda dio los frutos esperados. Los científicos lograron delimitar una estrecha franja de polvo cósmico extendida a lo largo de 250 kilómetros hacia el noroeste del lugar de la explosión, compuesto por magnetita (óxido de hierro magnético) y pequeños cristales de roca fundida.

Estas muestras obtenidas del objeto de Tunguska debieran haber bastado para acabar con la controversia acerca de su origen de una vez por todas. En 1963 Florensky escribió un artículo sobre sus expediciones en la revista Sky & Telescope. El artículo llevaba por título "¿Chocó un cometa con la Tierra en 1908?". Entre los astrónomos, la teoría del cometa siempre ha sido la preferida. En su artículo decía Florensky que este punto de vista "estaba ahora confirmado".

Control de radiación

La expedición de Florensky controló cuidadosamente la existencia de radiación en la zona. El equipo informó que la única radiación hallada en los árboles del área de Tunguska era polvillo radiactivo proveniente de pruebas atómicas que había sido absorbido por la madera. El grupo científico dirigido por Florensky también examinó en detalle la aceleración del crecimiento del bosque en la zona devastada, que algunos habían atribuido a los perjuicios genéticos causados por la radiación. Los biólogos concluyeron que únicamente se había producido una aceleración del crecimiento, normal después de un incendio (fenómeno bien conocido).

Pero, ¿a qué se debieron entonces las "costras" con que quedaron cubiertos los renos de la zona después del estallido? Ante la falta de un informe veterinario, sólo se puede especular, pero lo más probable es que no fueran provocadas por la radiación atómica, sino simplemente por la enorme ráfaga de calor que siguió a la explosión y que también provocó el incendio de los bosques.

Los que creen en la teoría de una explosión nuclear citan las investigaciones realizadas en 1965 por tres físicos norteamericanos, Clyde Cowan, C.R. Atluri y Willard Libby, quienes hallaron un aumento, que cifraron en un uno por ciento, en el nivel de radiocarbono contenido en los anillos de los troncos de los árboles tras la explosión de Tunguska. Una explosión atómica deja en libertad una ráfaga de neutrones, que convierten el nitrógeno atmosférico en carbono 14 radiactivo, y que es absorbido por las plantas junto con el carbono corriente durante un proceso normal de fotosíntesis. Si la explosión de Tunguska fue nuclear, sería de esperar un exceso de radiocarbono en las plantas que entonces se encontraban en crecimiento.

Para probar esta hipótesis los científicos americanos analizaron tres anillos de un abeto tipo Douglas de trescientos años, proveniente de los Montes Catalina, cerca de Tucson (Arizona), y también de un viejo roble de un bosque próximo a Los Ángeles, hallando que el nivel de radiocarbono en ambos árboles había ascendido sólo en un 1 % entre 1908 y 1909. Un importante chequeo doble fue efectuado por tres científicos holandeses en un árbol proveniente de Trondheim (Noruega), mucho más cercano al sitio de la explosión, donde sus efectos deberían haber sido mucho más evidentes. En vez de encontrar un aumento de radiocarbono en 1909, lo que hallaron fue un descenso constante de aquel nivel durante esa época. Por lo tanto es posible que el aumento detectado en los árboles americanos por Cowan, Atluri y Libby se deban a efectos locales y no a la explosión de Tunguska.

Modelo de destrucción

Finalmente, ¿qué decir del grupo de árboles que quedaron en pie en el centro de la zona afectada por la explosión de Tunguska -al igual que quedaron árboles debajo del punto de explosión de la bomba de Hiroshima- y de la "columna ardiente" vista después de la explosión? De hecho, estos efectos no se producen únicamente tras un estallido nuclear. Cualquier explosión va acompañada de una ascensión de aire caliente y de una humareda. Frecuentemente se producen explosiones de brillantes bolas de fuego cuando penetran en la atmósfera trozos de escombros provenientes del sistema solar; afortunadamente para nosotros, la mayoría de ellos son mucho más pequeños que el objeto de Tunguska.

Una explosión de cualquier tipo dejaría un grupo de árboles en pie, como ha sido demostrado por los experimentos en pequeña escala realizados por Igor Zotkin y Mijail Tsikulin, miembros de la comisión investigadora de meteoritos de la Academia de Ciencias de la URSS, quienes provocaron pequeñas explosiones sobre un bosque piloto, logrando reproducir el modelo de árboles derribados, incluido el grupo central no afectado.

En consecuencia, parece que toda "evidencia" a favor de la teoría de una explosión nuclear queda reducida a una mala interpretación o a una distorsión malintencionada.

Sorprendentemente, el suceso de Tunguska se repitió en una escala menor sobre América del Norte la noche del 31 de marzo de 1965. Una zona de aproximadamente un millón de kilómetros cuadrados, correspondiente a Estados Unidos y Canadá, fue iluminada por la caída de un cuerpo que hizo explosión sobre las ciudades de Revelstoke y Golden, 400 kilómetros al sur de Edmonton (Alberta, Canadá). Los habitantes de aquellas ciudades hablaron de un "rugido atronador" que sacudió y rompió las ventanas. La energía liberada fue equivalente a varios kilotones de TNT.

Los científicos determinaron el punto de impacto del meteorito y se pusieron en camino para encontrar un cráter, tal como había hecho Leonid Kulik en Siberia medio siglo antes. Como él, tampoco lograron encontrarlo. Sólo cuando los investigadores se dirigieron a la zona a pie, pudieron ver que la nieve estaba cubierta por un extraño polvo negro a lo largo de varios kilómetros. Se recogieron algunas muestras de este polvo y, tras un análisis, se comprobó que su composición era la misma que la de un tipo particularmente frágil de meteorito conocido como condrito carbonáceo. El objeto de Revelstoke hizo explosión, fragmentándose, a mitad de camino entre la atmósfera superior y la Tierra, originando una lluvia de miles de toneladas de polvo negro desmenuzado sobre la nieve. Significativamente, también los testigos de la explosión de Tunguska describieron una"lluvia negra" semejante.

Las pruebas decisivas para asegurar que el objeto que hizo explosión en Tunguska era de naturaleza meteorítica las facilitan los resultados de las últimas expediciones soviéticas al lugar, comunicados en 1977. Las partículas microscópicas de piedra halladas en las capas dejadas por la explosión de 1908 tienen la misma composición que las partículas cósmicas recogidas por los cohetes en la atmósfera superior. Se calcula que miles de toneladas de este material se encuentran dispersas alrededor de la zona del impacto. Junto a estas partículas de roca espacial figuran partículas melladas de hierro meteórico. Los investigadores soviéticos concluyeron que el objeto de Tunguska era un cometa compuesto por condrito carbonáceo. Esto no resulta sorprendente, pues los astrónomos han estado descubriendo que una composición de condrito carbonáceo es característica de los escombros interplanetarios.

Pero, ¿si realmente fue un cometa, por qué no se lo divisó en el cielo antes del impacto? La primera razón es que se mantuvo constantemente cerca del Sol, perdiéndose en su resplandor; en un segundo lugar, era demasiado pequeño y no brillaba suficientemente como para ser visto, aun contra un cielo oscuro. Los científicos creen actualmente que se trataba de un fragmento del cometa Encke, separado del mismo hace miles de años. El Encke, cometa antiguo y poco perceptible, recorre la órbita más corta alrededor del Sol que se conozca. Un astrónomo checo, Lubor Kresak, señaló en 1976 que la órbita del objeto de Tunguska, deducida de su dirección y del ángulo en que hizo impacto con la Tierra, es bastante similar a la del cometa Encke. El doctor Kresak calcula que el cuerpo tenía un diámetro de apenas 100 metros en el espacio, y una masa de hasta un millón de toneladas. El polvo originado por su desintegración en la atmósfera fue la causa del resplandor observado en el hemisferio norte por las noches, en la época que siguió a la explosión de Tunguska.

Un acontecimiento como el de Tunguska puede repetirse. Los astrónomos han descubierto cantidad de pequeños asteroides cuyas órbitas atraviesan la trayectoria de la Tierra. Por ejemplo, en 1976, sólo por cuestión de horas no se produjo una nueva colisión, al pasar un asteroide previamente desconocido a una distancia de 1.200.000 kilómetros de la Tierra. Según los cálculos de los astrónomos, un objeto del tamaño del de Tunguska se estrella contra la Tierra con una frecuencia de una vez cada dos mil años. Por lo tanto, es sólo cuestión de tiempo: se volverá a producir un nuevo choque, y la próxima vez puede que ocasione perjuicios muy grandes.

 

 

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