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Siberia en llamas

En 1908, una vasta extensión de Siberia resultó arrasada. Los árboles, abrasados, se vinieron abajo y la piel de los animales quedó cubierta de costras. ¿Pudo ello deberse a una explosión nuclear?

En la mañana del 30 de junio de 1908, el granjero S. B. Semenov estaba sentado en el porche de la aislada factoría de Vanavara, a 750 kilómetros al noroeste del lago Baikal, en Siberia. Eran solamente las 7:15 de la mañana, pero el día estaba ya muy avanzado, pues en esas latitudes septentrionales el sol, en pleno verano, se levanta pronto. El vecino de Semenov, P. P. Kosalopov, estaba arrancando clavos del marco de una ventana, con unas tenazas. Ninguno de los dos hombres podía sospechar el drama que iban a contemplar.

De pronto, Semenov se sobresaltó al ver, hacia el noroeste, una brillante bola de fuego que "cubría una parte enorme del cielo". Semenov se estremeció de dolor, pues tuvo la impresión de que el calor de la bola ígnea quemaba su camisa. En la puerta contigua, Kosalopov dejó caer las tenazas y se llevó las manos a los oídos, ya que tuvo la sensación de que sus orejas ardían. Miró primero hacia su tejado, pensando que se había declarado un incendio, y después se dirigió a Semenov.

-¿Has visto eso? -preguntó.

-¿Cómo iba a dejar de verlo? -replicó el asustado Semenov, al que todavía le escocían sus quemaduras.

Unos segundos más tarde, la bola de fuego, de un cegador color azul y arrastrando tras de si una columna de polvo, explotó a 65 kilómetros de Vanavara, con tal fuerza que Semenov fue derribado y permaneció unos segundos inconsciente. Al volver en si, notó en el suelo unos temblores que estremecían toda la casa y que acabaron por romper la puerta del establo y astillar las ventanas. En la casa de Kosalopov cayó tierra del techo, y una puerta derribó la estufa. Se oía una especie de truenos.

La gran bola de fuego siberiana de 1908 fue un acontecimiento tan excepcional que suscitó una controversia que todavía prosigue. Las explicaciones al respecto entran en el reino de lo extraño, incluida la notable hipótesis según la cual el fenómeno fue causado nada menos que por un aterrizaje de emergencia de una nave espacial movida por energía nuclear, tal vez de origen extraterrestre.

La zona en la que cayó el objeto, en el valle del río Tunguska Pedregoso, estaba escasamente poblada por los tunguses, pueblo nómada de origen mongol dedicado al pastoreo de renos. Cerca del centro de la explosión, al norte de Vanavara, varios tunguses fueron lanzados al aire por la explosión, y sus tiendas fueron arrebatadas por un viento violentísimo. A su alrededor, el bosque empezó a arder.

Cuando los asombrados tunguses inspeccionaron cautelosamente el lugar de la explosión, encontraron escenas de terrible devastación. En un circulo de 30 kilómetros, los árboles habían sido derribados como cerillas de madera y el calor intenso producido por la explosión había fundido objetos metálicos, destruido almacenes y reducido varios renos a cenizas. No quedaba en aquella zona ningún animal vivo, pero, milagrosamente, ningún ser humano murió a consecuencias del desastre. Se dijo también que había caído en aquellos lugares una misteriosa "lluvia negra".

Los efectos de la explosión de Tunguska fueron vistos y sentidos en un radio de más de mil kilómetros. Informes procedentes del distrito de Kansk, a 600 kilómetros del punto en que se produjo el estallido, describieron sucesos tales como barqueros precipitados al agua y caballos derribados por la onda expansiva, mientras las casas temblaban y los objetos de loza se rompían en sus estantes. El conductor del Transiberiano detuvo su tren temiendo un descarrilamiento, al notar que vibraban los vagones y los rieles.

Otros efectos fueron percibidos en lugares muy distantes del globo, pero su causa permaneció ignorada durante largo tiempo, ya que la noticia de la bola de fuego y de su explosión no llegó a oídos del gran público hasta pasados varios años. En toda Europa se registraron ondas sísmicas parecidas a las de un terremoto, así como diversos trastornos en el campo magnético terrestre. Más tarde, los meteorólogos hallaron en los registros de sus microbarógrafos que las ondas atmosféricas producidas por la detonación habían dadodos veces la vuelta a la Tierra.

Ecos de la lejana Siberia

En gran parte de Europa y Asia occidental la noche quedó extrañamente iluminada después de la caída de la bola. Informes procedentes de estos lugares hablan de noches cien veces más luminosas de lo normal, y de unas tonalidades carmesíes en el cielo, semejantes al resplandor de un incendio, hacia el norte. Estas extrañas luces no titilaban ni formaban arcos, como ocurre con las auroras boreales; eran semejantes a las que se produjeron tras la explosión del volcán Krakatoa, que inyectó inmensas nubes de polvo en la atmósfera. Cuando tuvo lugar el fenómeno de Tunguska, en Rusia se iniciaba un periodo de grandes inquietudes políticas, y la prensa nacional no dio ningún relieve a lo que se consideró como un hecho sin importancia en un lugar remoto del imperio. A pesar de la naturaleza excepcional del suceso de Tunguska, las noticias sobre el mismo permanecieron enterradas en las redacciones de los diarios locales siberianos hasta 13 años después, cuando recibió noticias de lo sucedido el minerólogo soviético Leonid Kulik.

Kulik sentía especial interés por los meteoritos debido en especial a la rica fuente de hierro que podían representar éstos para la industria. Llegó a convencerse de que el objeto que había caído el 30 de junio de 1908 en el valle del río Tunguska era un meteorito todavía más grande que el que formó el enorme cráter de Barringer en Arizona, hace unos 25.000 años. Después de varios años de planificación, Kulik partió en 1927 con una expedición hacia el punto del impacto de Tunguska. Desde la estación ferroviaria de Taishet, Kulik y su equipo atravesaron 600 kilómetros de taiga helada sobre trineos tirados por caballos, hasta llegar a Vanavara. Una vez allí escucharon las extraordinarias historias de los habitantes, con lo que Kulik acabó de convencerse de que seguía la pista de un meteorito gigantesco.

Una nevada repentina detuvo la expedición durante más de una semana. El 8 de abril, Kulik, un colega suyo y un guía local partieron a caballo para realizar la última etapa del viaje. Avanzaron hacia el norte a través de escenas de creciente devastación, pues abedules y pinos yacían en el suelo, desarraigados por la fuerza de la onda expansiva que los había abatido 19 años antes. Muchos de estos árboles habían quedado chamuscados e incluso abrasados debido al intensísimo calor.

Después de contemplar la zona de la explosión desde un risco, Kulik escribió: Desde nuestro punto de observación no se ven señales de bosque, ya que todo ha sido devastado e incendiado, y alrededor del borde de esta zona muerta la joven vegetación forestal de los últimos veinte años ha avanzado impetuosamente, en busca de luz solar y de vida. Se experimenta una extraña sensación al contemplar estos árboles gigantescos, de 50 a 75 centímetros de diámetro, quebrados como si fuesen ramitas, y sus copas proyectadas a muchos metros de distancia en dirección sur.

La visita del dios del fuego

Kulik quiso recorrer los pocos kilómetros que todavía le separaban del foco del estallido, pero los guías tunguses eran supersticiosos, ya que sus leyendas decían que el lugar había sido visitado por el dios del fuego, y se negaron a seguir adelante. Kulik tuvo que regresar a Vanavara para reclutar nuevos guías, y pasó otro mes antes de que llegara de nuevo a la zona devastada y finalmente alcanzara el centro de la explosión., para descubrir el gran enigma de Tunguska.

No había señal alguna del cráter gigantesco que él había esperado ver allí. En cambio, encontró un pantano helado y una curiosa formación de árboles, que, a pesar de hallarse en el centro de la explosión, habían escapado a los efectos de aquel desastre monstruoso que había arrasado todo cuanto les rodeaba. Cualquiera que fuese el objeto causante de la explosión, no había llegado a tocar el suelo. Aunque en años sucesivos regresó al lugar con expediciones más numerosas, Kulik nunca pudo encontrar ningún fragmento de hierro meteórico.

Por tanto, si la explosión de Tunguska no fue causada por el impacto de un meteorito de hierro, ¿cuál fue su causa? en 1930, el meteorólogo Francis J. W. Whipple, subdirector del Servicio Meteorológico británico, sugirió que el fenómeno había sido causado por el choque de la Tierra con un pequeño cometa, hipótesis que apoyó el astrónomo soviético A. S. Astapovich.

La visión popular de un cometa consiste en una gigantesca y brillante bola de polvo y gas que arrastra una cola de millones de kilómetros, tal como apareció el espectacular cometa Halley en 1910, sin embargo, los cometas brillantes son la excepción más que la regla. Cada año, los astrónomos localizan más de una docena de cometas, pero muy pocos, por no decir ninguno, son detectables a simple vista. En su mayoría, los cometas son más pequeños y de una luminosidad mucho más débil de lo que los representan los libros de astronomía; algunos de ellos, en particular los que son muy viejos, pueden incluso carecer de cola.

Según la teoría más popular, un cometa se asemeja a una especie de bola de nieve formada por gas y polvo helados. Los cometas antiguos pierden el gas hasta convertirse simplemente en unas "bolsas" de rocas de baja densidad. Semejante objeto bien puede convertirse en una bola ardiente a causa de la fricción que experimenta al penetrar a gran velocidad en la atmósfera terrestre, hasta disgregarse mediante una explosión cuando la fuerza de esta acción de frenado supera su propia cohesión. La explosión en pleno aire de este objeto explicaría la ausencia de cráter y de fragmentos meteóricos en Tunguska. Sin embargo, los críticos de la teoría del cometa argumentan que, antes de la explosión de Tunguska, nadie había detectado cometa alguno en el firmamento.

Se han ofrecido numerosas explicaciones alternativas, incluida la curiosa sugerencia de que lo ocurrido en Siberia fue el impacto de un pequeño "agujero negro". De acuerdo con la teoría astronómica, los miniagujeros negros, con la masa de un asteroide comprimida hasta alcanzar el tamaño de una partícula atómica, pudieron haberse formado en el torbellino que siguió a la gigantesca explosión que, de acuerdo con la hipótesis del Big Bang, se produjo como origen del Universo. Según A. A. Jackson y Michael Ryan, físicos de la Universidad de Texas, el paso de un miniagujero negro a través de la Tierra habría producido todos los efectos observados en el fenómeno de Tunguska... con la excepción de que el agujero negro habría atravesado toda la Tierra y salido por el Atlántico Norte, con unos efectos espectaculares muy semejantes al partir. Desgraciadamente para esta teoría, no hubo tales efectos.

¿Nave espacial marciana?

Entre todas las teorías que han pretendido explicar la explosión de Tunguska, la más discutida fue la planteada en 1946 por Alexander Kazantsev, escritor soviético de ciencia-ficción. Disfrazando su teoría en forma de cuento, Kazantsev sugirió que la explosión sobre Siberia había sido causada por el incendio de una astronave movida por energía nuclear, tal vez procedente de Marte. Kasantsev especulaba que los extraterrestres habían venido para aprovisionarse de agua en el lago Baikal, que es el mayor volumen de agua dulce existente en el planeta. Al descender su nave a través de la atmósfera, la fricción la calentó hasta hacer estallar sus motores, produciéndose en el aire una explosión como la de la bomba de Hiroshima.

Los ufólogos soviéticos Felix Zigel y Alexei Zolotov han apoyado esta idea de la explosión de una astronave nuclear. Zigel llegó incluso a proponer la idea de que la nave realizó una maniobra en zigzag al intentar desesperada mente un aterrizaje, aunque en realidad ninguno de los testigos manifestó haber visto cambios de rumbo en la bola de fuego.

Otro escritor de ciencia-ficción, John Baxter, en su libro Thefire carne by, publicado en 1976, siguió la teoría de Kazantsev al comparar los efectos de la explosión de Tunguska con los de la bomba de Hiroshima: el fogonazo cegador y el intenso calor, la corriente ascendente de aire caliente que originó una columna "ardiente", y el característico grupo de árboles que permanecieron de pie en el centro de las devastaciones de Tunguska, tal como había ocurrido en el punto de explosión de la bomba de Hiroshima.

Hubo incluso rumores de radiaciones mortíferas en el lugar. Uno de los personajes del cuento de Alexander Kazantsev habla de un hombre que, poco después de examinar la zona devastada de Tunguska, murió entre terribles dolores, como si lo consumiera un fuego invisible. "Sólo podía tratarse de radiactividad", explica el personaje de la obra. En realidad, no existe ningún informe según el cual alguien muriese a consecuencia de la explosión de Tunguska, pero los tunguses explicaron que los renos de aquella zona presentaron costras en su piel, cosa que ciertos escritores modernos, como Baxter, han atribuido a quemaduras causadas por radiación.

 

Las expediciones al lugar del fenómeno observaron un crecimiento acelerado de la vegetación alrededor del punto de la explosión, atribuido también por algunos a unos trastornos genéticos ocasionados por las radiaciones.

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